Mis queridos peripatéticos Argentum:
La Argentina sigue siendo ese extraordinario laboratorio sociológico donde uno puede ver, en una misma semana, a un ciudadano haciendo malabares para llegar a fin de mes, a un funcionario explicando que todo marcha según el plan y a un manifestante que salió a defender una causa, pero terminó protagonizando una recreación de Mad Max: edición municipal.
El país no se divide entre optimistas y pesimistas. Se divide entre los que dicen que estamos saliendo adelante, los que aseguran que nos estamos hundiendo y los que, prudentemente, se guardan el último billete en la media por si la realidad decide cobrar entrada.
La motosierra y el serrucho de las explicaciones
El Gobierno convirtió la motosierra en símbolo de época. Una herramienta útil para podar gastos, aunque convendría recordar que, si uno tala todo el bosque, después no puede quejarse de que no haya sombra.
La discusión sobre el ajuste no se resuelve con una motosierra de utilería ni con una conferencia de prensa donde cada cifra desfavorable aparece vestida de oportunidad histórica. La pregunta sigue siendo bastante menos cinematográfica: ¿cómo se traduce el sacrificio de hoy en una vida mejor mañana?
Porque el ciudadano puede aceptar que le pidan paciencia. Lo que le cuesta un poco más es descubrir que la paciencia no figura en ninguna góndola, no se consigue en cuotas y tampoco tiene descuento por pago en efectivo.
Y cuando el ciudadano pregunta cuándo llegará el alivio, recibe una explicación tan larga que, para cuando termina, ya aumentó el café.
Los enardecidos rompeplazas y el turismo de la indignación
Pero si el oficialismo tiene su motosierra, ciertos sectores de la protesta parecen haber elegido como instrumento pedagógico el adoquín.
Uno sale a la calle para reclamar por derechos, salarios, educación o trabajo —causas perfectamente legítimas en una democracia— y, de pronto, aparece el departamento artístico de la manifestación: humo, piedras, destrozos y una puesta en escena que ni el teatro experimental más audaz se habría animado a estrenar sin advertir al público sobre posibles daños materiales.
A esos enardecidos rompeplazas habría que explicarles que una vereda destruida no es una conquista social, que incendiar un contenedor no mejora el salario y que romper el mobiliario urbano no constituye una forma avanzada de redistribución de la riqueza.
La plaza es de todos. También de quienes no piensan como uno, de quienes trabajan mientras otros marchan y de quienes marchan porque ya no pueden seguir trabajando en esas condiciones. La protesta es un derecho; convertirla en una demolición con consignas es otra cosa. ¡Qué talento el nuestro para organizar una revolución cuyo presupuesto de reconstrucción termina en la factura de los vecinos!
¿El infiltrado de siempre o el regreso del indio con arco y flecha?
Y aquí aparece uno de los personajes más pintorescos del folclore callejero argentino: el sujeto que, según ciertas sospechas recurrentes, estaría siempre perfectamente infiltrado en la marcha, justo donde la cámara encuentra el conflicto, justo cuando la protesta pacífica empieza a convertirse en una batalla campal y justo antes de que todos se pregunten quién encendió la mecha.
¿Existe en cada marcha? ¿Quién es? ¿Quién lo organiza? ¿A quién responde? Sin pruebas, no corresponde convertir una sospecha en sentencia. Pero la pregunta política merece hacerse: ¿quién gana cuando un reclamo legítimo queda sepultado bajo las imágenes de los disturbios?
Porque el mecanismo es casi perfecto. Primero, miles de personas marchan por una demanda concreta. Después, unos pocos convierten la calle en un escenario de violencia. Finalmente, las cámaras dejan de mostrar el reclamo y pasan a mostrar el incendio. La causa desaparece, el destrozo ocupa la pantalla y cada bando se retira con su propia versión de la película.
Y si el misterioso personaje no aparece, siempre queda la posibilidad de contratar a un extra. Aunque la imaginación popular ya no sabe qué esperar. A este paso, el infiltrado de las próximas marchas no llegará vestido de civil, con capucha y cara de circunstancia. Aparecerá directamente con taparrabos, plumas y un arco con flechas, dispuesto a defender los derechos adquiridos en la Edad de Piedra.
No sabemos si será infiltrado, recreacionista histórico o un turista que perdió el contingente. Pero alguien debería avisarle que la protesta social del siglo XXI admite pancartas, bombos, megáfonos y argumentos. El arco y la flecha, por ahora, no figuran entre los requisitos para presentar un petitorio.
Y, por favor, que nadie le entregue una motosierra: podríamos terminar con un conflicto gremial entre la Edad de Piedra y la ferretería presidencial.
Mientras tanto, el mundo no espera
Fuera de nuestras fronteras, el mundo continúa ofreciendo su habitual colección de guerras, tensiones geopolíticas, incertidumbres económicas y dirigentes que parecen competir por ver quién consigue explicar con mayor solemnidad por qué la paz todavía no llegó.
En ese contexto, la Argentina necesita algo más que una identidad construida a fuerza de enemigos internos. Necesita educación, ciencia, cultura, trabajo y una política exterior que comprenda que el planeta es bastante más grande que una discusión de panel televisivo.
Pero aquí seguimos, discutiendo si el otro es un monstruo, un salvador o un infiltrado con arco y flecha. Mientras tanto, las familias hacen cuentas, los jóvenes calculan si podrán independizarse y los jubilados convierten el supermercado en una prueba de resistencia financiera.
Y en el Colón, al menos, alguien canta
En medio de semejante sainete nacional, la ópera nos regaló una lección que convendría extender a más de un despacho oficial: el prestigio no canta solo.
En Los cuentos de Hoffmann, de Offenbach, los intérpretes argentinos demostraron que el talento local no necesita pedir permiso en la aduana para imponerse sobre el escenario. La excelencia vocal y musical de nuestros artistas recordó que la calidad no viene determinada por el pasaporte ni por el tamaño de una biografía impresa en papel satinado.
Traer figuras internacionales al Teatro Colón es valioso. La circulación de artistas, las grandes trayectorias y el intercambio cultural enriquecen cualquier institución. Pero una cosa es abrir las puertas al mundo y otra muy distinta es suponer que todo lo que aterriza con currículum extranjero viene acompañado de una revelación artística.
El currículum puede explicar el pasado; no puede cantar el presente. Y menos que los espectadores nos transformemos en descubridores de ignotos protagonista que se pagan en Euros o en Dolares…
Y el público del Colón, que paga su abono y merece respeto, no necesita que le vendan espejitos de colores con subtítulos en italiano, alemán o francés. Necesita artistas a la altura de la obra, de la sala y de la expectativa creada.
Nuestros cantantes demostraron que la excelencia argentina existe, trabaja y merece oportunidades. Lo que falta, a veces, es que quienes deciden los elencos confíen en ella sin tratarla como una alternativa económica de último recurso.
¡Qué paradoja, queridos peripatéticos! En la política discutimos si debemos importar modelos, y en la ópera descubrimos que el producto nacional puede dejar en evidencia a la etiqueta importada.
Epílogo para una patria con mucho ruido
La Argentina necesita menos escenografía y más sustancia. Menos piedra arrojada y más argumento. Menos motosierra convertida en tótem y más explicaciones verificables. Menos nostalgia oportunista y más propuestas que sobrevivan al primer contacto con la realidad.
Y si el misterioso infiltrado vuelve a aparecer en la próxima marcha, que alguien le pregunte si viene a protestar, a filmar o a audicionar para una versión criolla de El último mohicano.
Eso sí: que no rompa nada. La reconstrucción, como siempre, la pagamos entre todos.
