La película de Miguel del Arco que llega a la Competencia Internacional del 41.º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata
Dirección y guion: Miguel del Arco.
Intérpretes: Juan Diego Botto, Marta Etura y Ainara Elejalde.
(Mar del Plata, 7/XI/2026). Existen películas que cuentan una historia y otras que obligan al espectador a enfrentarse a preguntas para las que no existen respuestas cómodas. Los relatos, el regreso de Miguel del Arco al largometraje diez años después de Las furias, pertenece a esta segunda categoría. A partir de una historia atravesada por la violencia machista, la culpa y las heridas que el tiempo no consigue cerrar, el director construye un drama de profunda dimensión moral sobre las consecuencias de un crimen y la dificultad de volver a vivir después de haberlo cometido.
Pablo (Juan Diego Botto) regresa a su pueblo natal después de cumplir veinte años de prisión por el asesinato de su esposa. Su intención es reconstruir una vida junto a su nueva familia, pero el regreso al escenario del crimen, unido a la publicación de su autobiografía, vuelve a colocar su pasado en el centro de la conversación pública. Lo que para él podría representar el comienzo de una nueva etapa se convierte en una confrontación con una comunidad que no ha olvidado y con unas heridas que permanecen abiertas.
Miguel del Arco encuentra en esta premisa un territorio narrativo especialmente fértil. Su principal acierto consiste en no convertir la película en un alegato moral de respuestas previsibles. No se trata de discutir si Pablo ha pagado suficientemente por lo que hizo, ni de construir un relato sentimental alrededor de su arrepentimiento. La cuestión es mucho más compleja: ¿puede alguien recuperar su lugar en la sociedad después de haber destruido irreversiblemente la vida de otra persona?
La película plantea así una tensión entre la justicia institucional y la memoria colectiva. La condena judicial tiene un principio y un final; el dolor de quienes sobreviven a la víctima, en cambio, no responde a calendarios ni a resoluciones penitenciarias. Del Arco explora precisamente esa distancia entre el tiempo legal y el tiempo emocional, dos dimensiones que difícilmente vuelven a encontrarse.
Uno de los aspectos más interesantes del relato es su aproximación a las distintas perspectivas del mismo crimen. La fragmentación de los puntos de vista permite observar cómo un acontecimiento puede adquirir significados diferentes según quién lo recuerde, quién lo padezca y quién intente reconstruirlo. No obstante, esta elección narrativa también entraña un riesgo: que la búsqueda de complejidad alrededor del protagonista termine desplazando a quienes sufrieron directamente la violencia. La película necesita mantener siempre esa frontera para no confundir la comprensión psicológica del agresor con su justificación moral.
En el apartado interpretativo, Juan Diego Botto afronta un personaje de enorme dificultad dramática. Pablo exige contención, ambigüedad y una permanente tensión interior. Su mayor desafío consiste en transmitir la conciencia de un hombre que pretende rehacer su existencia sin poder desprenderse de aquello que hizo. La interpretación encuentra su mayor potencial en los silencios, las miradas y los gestos cotidianos, lejos de cualquier tentación de convertir el arrepentimiento en espectáculo.

Marta Etura y Ainara Elejalde aportan otras dimensiones al conflicto. Sus personajes representan la complejidad de los vínculos familiares, la resistencia emocional y las consecuencias que un crimen puede proyectar sobre varias generaciones. En una historia de estas características, sus presencias resultan fundamentales para impedir que todo el universo dramático quede reducido a la conciencia del protagonista.
También merece atención el tratamiento del espacio. Los paisajes extremeños de La Vera, con sus pueblos, sus calles y su naturaleza, ofrecen un contrapunto visual entre la belleza del entorno y la oscuridad de la historia. El regreso al pueblo no es simplemente un desplazamiento geográfico: significa volver al lugar donde todo sucedió, encontrarse con los recuerdos y comprobar que la memoria de una comunidad puede ser mucho más persistente que cualquier condena.
La experiencia teatral de Miguel del Arco, especialmente su trabajo en Jauría, permite reconocer una continuidad en su interés por la violencia, sus mecanismos de legitimación y sus repercusiones sociales. Sin embargo, aquí el desafío es específicamente cinematográfico: transformar el conflicto moral en imágenes, atmósferas y relaciones humanas, evitando que el peso del discurso termine imponiéndose sobre la narración.
Y es precisamente en este punto donde reside el mayor interés de Los relatos: en su capacidad potencial para incomodar sin ofrecer consuelos, para observar al culpable sin absolverlo y para recordar que la víctima no recupera su vida porque el responsable haya cumplido su condena.
Quizá su mayor virtud sea también su mayor exigencia: no permitir que el espectador se refugie en una respuesta sencilla. Porque la reinserción social, el perdón y la reparación son conceptos diferentes, y ninguna sentencia judicial puede obligar a quienes han sufrido a reconciliarse con el pasado.
En definitiva, Los relatos se presenta como un drama de considerable ambición ética y psicológica, que encuentra en la violencia machista, la memoria y la responsabilidad individual un terreno de reflexión profundamente perturbador. Miguel del Arco propone mirar de frente las consecuencias de un crimen que no termina cuando se cierra la puerta de una prisión. Porque hay condenas que se cumplen, heridas que no cicatrizan y ausencias que ninguna segunda oportunidad podrá reparar.
