domingo, 1 de noviembre de 2026
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¿Ídolo del año? ÍDOLO DEL AÑO? ¡¿Y este quien és?!

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Argentina: donde el algoritmo fabrica celebridades y después nos exige admirarlas.

Mis queridos peripatéticos Argentum

Mientras tanto, en el Club de Luzuriaga Country, la otrora damisela Cocota Vermichelli de Garronier y su preciado condiscípulo Pirincho Aperól del «Calzón Libre» mantenían una de esas tertulias semanales en las que se analiza, con rigurosidad casi diplomática, el acontecer de la societé.

Entre admiradores de las cascadas de antaño, las demoiselles del Colón y algún habitué de Las Cuartetas, con sus respectivos parafustes y recuerdos de mejores épocas, surgió una pregunta que terminó acaparando la conversación: ¿Quién es Davoo Xeneize?

La inquietud, al parecer, no era menor. Y es que una cosa es perderse un estreno en el Colón y otra, bastante más grave para ciertos círculos, no reconocer al Ídolo del Año.        La Argentina tiene problemas bastante serios: la plata no alcanza, el futuro cotiza en el exterior y cada gobierno promete salvarnos del desastre que, según asegura, dejó el anterior. Pero siempre queda tiempo para lo verdaderamente urgente: ¡elegir a nuestros ídolos!

Los Premios Ídolo 2026 reunieron en la Usina del Arte a 710 invitados y 210 nominados. El gran ganador fue Davoo Xeneize, distinguido como Ídolo del Año.

Y aquí, queridos peripatéticos, surge la pregunta que debería formularse cualquier ciudadano desprevenido:

¿DAVOO QUÉ? ¿XENEIZE? ¿Y ESTE QUIÉN ES?

Perdón por la ignorancia. Uno creía que para convertirse en ídolo había que ganar un Mundial, escribir una obra memorable, componer una sinfonía o hacer algo que justificara semejante devoción colectiva.

Pero no. Al parecer, basta con que te miren suficientes personas desde un teléfono.

¡Qué tiempos aquellos en los que primero había que hacer algo extraordinario y después, eventualmente, hacerse famoso!

Hoy el algoritmo te convierte en celebridad, una ceremonia te entrega una estatuilla y el resto de la humanidad debe ponerse al día.

Antes fabricábamos ídolos. Ahora fabricamos seguidores y después buscamos al ídolo entre ellos.

No tengo nada contra los creadores digitales. Algunos tienen talento, ingenio y una notable capacidad para comunicar. Mi inquietud es otra: ¿desde cuándo la popularidad equivale automáticamente a mérito? ¿Y en qué momento decidimos que ser conocido es lo mismo que ser admirable?

Setecientos diez invitados y 210 nominados. ¡Una convocatoria digna de una cumbre internacional! Uno esperaba que, entre tantos talentos reunidos, alguien hubiera descubierto cómo terminar con la inflación. Pero no: el milagro consistía en repartir premios.

Mientras tanto, en los Martín Fierro de la Música, Wanda Nara recibió una distinción por «Canción Viral» gracias a Bad Bitch, un tema de 2023, y lo definió como un himno internacional.

Sandra Mihanovich lo resumió con admirable economía verbal: «Es un poco mucho».

Beethoven, desde el más allá, debe de estar revisando su contrato con la eternidad.

Aclaremos: el éxito comercial es legítimo y la música popular no necesita pedir permiso para existir. Pero una cosa es tener repercusión y otra, bastante diferente, pretender que toda repercusión constituye una consagración artística.

En el cine ocurre algo parecido: a veces parece que la campaña de una película llega a la categoría de obra maestra antes que la propia película. Y si el prestigio internacional acompaña, cuestionar sus méritos puede convertirse en una actividad de riesgo.

Vivimos en la era en que todo el mundo quiere ser famoso, todo recibe un premio y nadie parece dispuesto a preguntar qué estamos premiando.

Mientras tanto, la política continúa ofreciendo sus propios ídolos: cada uno promete refundar la patria, inaugurar una nueva era y conducirnos al paraíso. El mesías cambia; el sacrificio, como siempre, queda a cargo del pueblo.

Quizá ahí esté nuestra verdadera especialidad nacional: esperar salvadores en la Casa Rosada y fabricar celebridades en internet.

Para unos reservamos el voto; para otros, las visualizaciones. A ambos les entregamos algo muy valioso: nuestra atención.

Y cuando el espectáculo termina, volvemos a la realidad, esa producción independiente que no tiene patrocinadores, no entrega estatuillas y lleva décadas sin conseguir una buena crítica.

El Dr. Merengue propone una nueva categoría para la próxima ceremonia: «Premio al mérito inexplicable».

Se entregaría al personaje que consiga ser famoso sin que la mitad del país sepa quién es, al político que prometa más sin explicar cómo y al artista cuya campaña resulte más memorable que su obra.

La competencia sería feroz.

Y para el gran premio final propongo una pregunta obligatoria a todos los ganadores:

«Disculpe, ¿usted quién era?».

Quizá el problema no sea que tengamos demasiados ídolos, sino que hayamos dejado de preguntarnos por qué deberíamos admirarlos.

Porque en un país donde el futuro nunca termina de comenzar, los sueldos no alcanzan y los mesías se reproducen por mitosis electoral, siempre es reconfortante descubrir que, al menos, seguimos siendo una potencia mundial en algo.

Fabricar famosos. Aunque todavía no sepamos muy bien para qué.

www.bybattaglia.com. .

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