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Editorial: Desde el cul-de-sac del orbe

LECTURA RECOMENDADA

Buenos Aires, 8/III/2026. Estimados lectores, permítanme presentarme —como corresponde a un caballero de buena educación que todavía cree en el planchado de las camisas y en el sarcasmo como defensa personal—: aquí el Dr. Merengue, siempre a sus órdenes, con el nudo de la corbata perfectamente centrado y la paciencia de quien contempla el mundo como si fuera un teatro de variedades donde el número principal consiste en que la humanidad intenta destruirse con notable entusiasmo.

Hoy quisiera referirme —con la mesura que exige la etiqueta dominical— a esa curiosa costumbre humana que consiste en bombardearse mutuamente hasta que no quede ni un ladrillo en pie.

Una tradición muy arraigada en la civilización, al parecer.

Porque verán ustedes: el planeta entero vive una deliciosa confusión geográfica, moral y neuronal. Uno escucha hablar del Estrecho y ya no sabe si se trata de una franja marítima o del estrechamiento irreversible del sentido común.

Todo se vuelve una sopa geopolítica: Irán, Irak, algún “-stán”, Arabia Saudita o cualquier punto del mapa que huela remotamente a arena, petróleo o misil balístico.

Los analistas televisivos despliegan mapas con la gravedad de un neurocirujano y señalan con un puntero luminoso:

—Aquí Irán.
—Aquí Irak.
—Aquí otro conflicto milenario.
—Y aquí, si todo sale bien, el próximo.

El mapa termina pareciendo un plato de tallarines estratégicos donde cada potencia enrolla su porción mientras los drones zumban como mosquitos diplomáticos.

Por un lado tenemos Rusia y Ucrania, ese encantador ejemplo de vecindad cordial donde ambos países se envían artillería pesada como quien manda postales navideñas.

Por otro lado Israel y Palestina, otro prodigio de convivencia donde cada cual aporta su granito de arena… o de escombros.

Y no olvidemos a los grandes titanes del siglo XXI: China y Estados Unidos, que se lanzan miraditas asesinas por encima del Pacífico mientras negocian contratos de iPhones y chips.

Qué diplomacia tan sutil.
Qué elegancia en el enfrentamiento.
Uno casi se emociona.

Pero lo verdaderamente sublime —lo verdaderamente operístico— es el toque mesiánico.

¡Ah, el mesianismo!
Ese ingrediente que convierte cualquier disputa de barrio en cruzada divina con presupuesto militar.

Siempre aparece un líder que se levanta por la mañana, se mira al espejo con gesto bíblico y concluye:

—Hoy salvaré la civilización.

Entonces habla de misión histórica, destino manifiesto, valores eternos y —por supuesto— Dios de su lado, que aparentemente posee una agenda diplomática muy activa.

Mientras tanto, los muchachos en el frente —esos que no tienen corbata ni conferencia de prensa— van cayendo como moscas para que el Mesías de turno pueda dormir tranquilo con la conciencia anestesiada por discursos.

Permítanme una observación modesta: si tanto se aman a sí mismos estos salvadores del mundo, ¿por qué no se mudan solos al paraíso prometido y nos dejan en paz al resto?

Sería un gesto de caballerosidad.

Pero no. Prefieren arrastrarnos a todos al matadero envueltos en banderas y consignas eternas.

Qué generosidad.

Ahora bien.

Mientras el planeta practica su deporte favorito —la guerra con comentarios de expertos— aquí, en este discreto cul-de-sac del orbe llamado Argentina, nosotros desarrollamos nuestra propia opereta nacional.

Vivimos entre Cheyenne haciendo shows, Lali convertida en fenómeno cultural, Nicki Nicole cantando en el Teatro Colón —templo donde Verdi y Wagner probablemente estén consultando el reglamento celestial— y Andrea del Boca, otrora princesa lacrimógena de la televisión, hoy convertida en arqueología sentimental de una fama que envejeció peor que el maquillaje de estudio.

Todo esto, naturalmente, en medio de una economía del despilfarro permanente, ese milagro argentino donde el dinero no alcanza para nada… pero siempre aparece para el espectáculo.

La televisión, por su parte, continúa siendo la verdadera academia del espíritu nacional.

Allí se debate con profundidad filosófica cómo cocinar una merluza sobre colchón de hierbas, mientras alguna conductora —experta simultánea en divorcios, escándalos sentimentales y refinamientos de gusto decididamente cachirulo— administra la sabiduría con el aplomo de una catedrática de Oxford.

Y por si el libreto necesitara más surrealismo, tenemos la cárcel convertida en espectáculo televisivo, con panelistas analizando estrategias de encierro como si se tratara de Gran Hermano edición penitenciaria.

Entre tanto celebramos los 99 años de la última sobreviviente del glamour de nuestro cine y nuestra televisión, una dama que aún recuerda un tiempo en que las estrellas brillaban… y no simplemente parpadeaban en Instagram.

Y para completar la postal: una expresidente cumpliendo prisión domiciliaria y algún nuevo mesías político prometiendo redimirnos del caos que él mismo acaba de describir.

Porque si algo nunca escasea en esta tierra bendita es un salvador con micrófono.

Ante semejante panorama, queridos lectores, uno empieza a considerar seriamente una propuesta:

¿Y si nos rajamos un rato?

Dejamos este ispa y esta crazy world en stand-by, y nos vamos a un baile rimbombante, con corte y quebrada, donde a uno lo tomen para el churrete con la alegría irresponsable de quien ha comprendido que la cordura mundial está de licencia.

Después de todo, según se comenta en ciertos círculos de reputación dudosa, este Merengue estaría atravesando una etapa de fulgor.

Nos tomamos un Naranjín, pasamos por Mau Mau, saludamos a algún fantasma elegante de los años sesenta… y de allí, con un poco de suerte, terminamos protagonizando una novela de posguerra de Hemingway.

Eso sí: con cuidado de que no sea El viejo y el mar, porque bastante tenemos ya con la pesca cotidiana de absurdos como para salir corriendo del pinche de un pez espada literario.

Argentums querido…

Más show.
Menos reflexión.
Más ruido.
Más intranquilidad.

Un país donde la tragedia mundial se observa por televisión mientras el espectáculo local jamás suspende función.

Aunque debo confesarles algo antes de despedirme.

Ya vi el híbrido que deseamos tener …

Una maravilla.

Silencioso, moderno, ecológico… perfecto para escapar del ruido nacional.

Claro que ahora surge un pequeño detalle técnico:

ver con qué demonios lo pagamos.

Pero no arruinemos el domingo con trivialidades económicas.

Los saluda con la elegancia que aún permite este circo planetario,
con la corbata en su sitio y el sarcasmo discretamente planchado.

El Dr. Merengue, a sus pies.

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