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Buenas Palabras: Arturo Puig y un «homenaje secreto»

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Buenos Aires, 20/II/2026, Sala Cunil Cabanellas (Teatro San Martín). Buenas Palabras. Dramaturgia y dirección: Rita Terranova (basado en selección de variados textos). Intérprete: Arturo Puig. Escenografía y Vestuario: Graciela Galán.Iluminación: Jorge Pastorino. Música original y Sonido:Martín Bianchedi. Asesoramiento magia:Quique Marduk. Sala: Cunil Cabanellas (Corrientes 1530). Funciones: miércoles a domingos, a las 19.30. Nuestra opinión: buena.

En tiempos donde la escena suele buscar justificarse con artificios, Arturo Puig elige el camino inverso: despojarse. Y en ese gesto —aparentemente menor— se cifra la hondura de Buenas palabras, su primer unipersonal presentado en la Teatro San Martín, en la íntima Sala Cunill Cabanellas.

A los 81 años, Puig no construye un espectáculo: construye una memoria viva.
El actor que durante décadas “entró en las casas” a través de la televisión —ese rostro familiar que acompañó rutinas, sobremesas y silencios— regresa ahora desde un lugar distinto, más esencial, donde ya no interpreta personajes sino que revisita las palabras que moldearon su identidad artística.

El punto de partida no es casual: la emoción infantil ante Corazón, de Edmundo de Amicis, libro que aspiraba a formar mejores seres humanos. Ese ideal ético —hoy casi anacrónico— funciona como brújula del espectáculo. Puig no se exhibe: se explica.

Un actor que ya no actúa: dice

Sobre el escenario, acompañado con sobriedad por la música original de Martín Bianchedi, el intérprete enlaza cartas, poemas, canciones y escenas teatrales en una deriva emocional que rehúye toda estructura convencional. Aparecen Oliverio Girondo, Almafuerte y Pedro Calderón de la Barca; resuenan ecos del pensamiento amoroso de Ludwig van Beethoven; y el teatro se mezcla con el cine y la historia cultural a través de las voces de Charles Chaplin, Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, junto a la correspondencia apasionada entre Richard Burton y Elizabeth Taylor.

Foto gentileza @furman.carlos , Prensa Complejo Teatral de Buenos Aires

Nada de esto aparece como cita erudita.
Se vuelve conversación. Puig camina, recuerda, deja pausas. La sensación no es la de asistir a una representación, sino a una confidencia compartida.

El homenaje secreto

Buenas palabras es, en realidad, un homenaje “de contrabando”.
Mientras parece celebrar textos ajenos, el actor revisita su propia historia: la de una figura entrañable para el público argentino que lo acompañó desde la televisión hasta su madurez teatral.

En esa memoria compartida late, inevitable, la presencia de Selva Alemán, compañera de vida y de escena, con quien conformó uno de los vínculos actorales más queridos del país. Su recuerdo, tácito, atraviesa la función como una respiración emocional constante.

Una puesta que elige desaparecer

La ajustada dirección y selección de materiales de Rita Terranova comprenden con inteligencia que el verdadero acontecimiento es la palabra dicha y escuchada. Nada distrae de ese eje.
El vestuario y la escenografía minimalista concebidos por Graciela Galán rehúyen toda ilustración anecdótica: apenas sugieren, acompañan, respiran con el actor.
A su vez, los climas de iluminación de Jorge Pastorino modelan la intimidad con sutileza, creando zonas de memoria más que espacios físicos, como si cada texto encendiera su propia atmósfera.

Cuando la intimidad se vuelve teatro

Buenas palabras conmueve más por su honestidad que por su construcción dramática. El dispositivo escénico, deliberadamente austero, potencia la cercanía con el público, aunque por momentos la deriva narrativa se vuelve irregular y la falta de una arquitectura más definida le resta tensión teatral.

El resultado es un encuentro cálido y cargado de memoria afectiva —más evocación que obra en sentido pleno—, sostenido por el carisma y la verdad interpretativa del actor, capaz de transformar la intimidad en ceremonia compartida.

Foto gentileza @furman.carlos , Prensa Complejo Teatral de Buenos Aires

La madurez como estilo

Aquí no hay búsqueda de espectacularidad ni voluntad de “actualización”.
Hay algo más infrecuente: la necesidad de decir.

En un presente escénico dominado por la velocidad, la propuesta resulta casi radical: un actor, su voz y la convicción de que la palabra todavía puede ser un acontecimiento.

Lo que queda

¿Qué permanece después de tantos años de oficio?
No los personajes, no los aplausos, sino aquello que los hizo posibles: la palabra dicha con sentido.

Buenas palabras no es una despedida.
Es una pausa consciente.
Y en esa pausa, Arturo Puig encuentra —quizá— su forma más verdadera de estar en escena.

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