Gala 100 años: Coro Estable y Orquesta Estable Teatro Colón. Directora: Beatrice Venezi. Mezzosoprano: Guadalupe Barrientos. Director del Coro Estable: Miguel Martinez. Sala: Teatro Colón. Función: 7 de Diciembre, 17 hs. Nuestra calificacion: excelente.
Celebrar un centenario no es simplemente mirar hacia atrás: es volver audible la memoria, hacerla vibrar.
Los 100 años del Coro Estable y la Orquesta Estable del Teatro Colón exigían, por tanto, un inicio que no solo evocara el tiempo pasado, sino que lo encendiera en presente. Ese punto de partida —casi inevitable, casi perfecto— fue la monumental cantata Alexander Nevsky de Prokófiev, elegida no como una obra más, sino como un acto de afirmación institucional, una declaración de identidad, una arquitectura sonora tan vasta como la historia que se homenajeaba.
Y en el corazón de ese diseño, sosteniéndolo de principio a fin, se impuso con naturalidad su figura rectora: Beatrice Venezi, auténtico eje articulador del capítulo más profundo de la gala.
Beatrice Venezi: la columna vertebral de una ceremonia sonora
Nada de lo escuchado habría alcanzado semejante claridad sin la presencia de Venezi, cuya dirección, al mismo tiempo firme y flexible, operó como columna vertebral de toda la primera parte. Fue ella quien unificó la energía de los cuerpos estables, quien ordenó el material sonoro, quien expandió cada tensión interna y quien aportó esa respiración larga —casi ritual— que convirtió la celebración en un acontecimiento artístico mayor.

Bajo su batuta, Alexander Nevsky adquirió un carácter ceremonial:
precisión sin rigidez, épica sin grandilocuencia, transparencia sin vaciamientos.
Venezi trabajó desde la arquitectura interna, desde el color y desde una conciencia dramática que pocas veces coincide con tanta nitidez en una sala. La Orquesta Estable y el Coro Estable respondieron con una cohesión admirable, impulsados por una lectura que respiraba y se contraía con una organicidad casi teatral.
Un Nevsky que avanza como una máquina histórica perfectamente aceitada
La directora evitó todos los lugares comunes del repertorio soviético. Nada de masas pesadas, nada de densidades sin forma. En su lugar:
líneas internas tensadas como acero, contrastes tímbricos delineados con precisión microscópica, y un tratamiento del color que reveló matices habitualmente sumergidos bajo la superficie.
Desdela «Canción a Alexander Nevsky”, Venezi trazó una curva narrativa amplia, casi cinematográfica. La cuerda construyó un piso vibrante donde los metales emergieron con una nobleza sobria, sin estridencias. Todo avanzaba con una lógica interna perfecta: cada sección encontraba su propósito, cada episodio se encadenaba como causa y consecuencia. Nada ornamental: solo sentido.
La Batalla sobre el Hielo — Coreografía rítmica y precisión quirúrgica
En esta partes se alcanzó uno de los momentos culminantes de la noche. Venezi logró una claridad textural notable: percusión, cuerdas graves y metales se ensamblaron como engranajes de un mecanismo rítmico único.
En vez de saturar la potencia sonora, la directora eligió trabajar la sensación de avance, de empuje: como si una fuerza colectiva —un ejército musical— emergiera desde el foso y se dirigiera hacia la platea.
Una violencia sonora refinada, calibrada, que jamás perdió control. La Orquesta Estable respondió con un rendimiento sobresaliente, casi superándose a sí misma.
Guadalupe Barrientos: una plegaria suspendida en el aire
En «El campo de los Muertos», Guadalupe Barrientos ofreció una de sus intervenciones más conmovedoras. Con su voz caudalosa pero contenida, con un vibrato exacto, su canto se elevó como una plegaria que detenía el tiempo. Venezi la rodeó con un marco instrumental que respiraba junto a ella, permitiendo que la línea vocal surgiera como una luz sobre la penumbra orquestal.
El Coro Estable: la muralla sonora del centenario
Si la Orquesta brilló con precisión, el Coro Estable directamente se erigió como una muralla sonora. Afinación compacta, potencia regulada, homogeneidad impecable. Venezi los condujo con autoridad y sensibilidad, graduando tensiones, construyendo crescendos desde el corazón del sonido y no desde la mera proyección física. Su desempeño reafirmó por qué este conjunto es uno de los emblemas artísticos del Teatro Colón.
Un cierre trinitario: Dirección + Orquesta + Coro
La primera parte se clausuró como una trilogía perfecta:
- Venezi, con una visión expansiva y milimétrica;
- La Orquesta Estable, con un nivel de detalle admirable;
- El Coro Estable, convertido en estructura vertebral del relato musical.
Tres fuerzas alineadas que, por una noche, alcanzaron una unidad irrepetible. El impacto permaneció en la sala como una evidencia: cuando dirección, orquesta y coro funcionan en esta sintonía, el arte no solo sucede—arrastra, transforma y permanece.
SEGUNDA PARTE — Perusso y Venezi: tradición, continuidad y vitalidad
La segunda mitad de la gala se organizó en torno al repertorio italiano, con un homenaje explícito a Mario Perusso, figura histórica del teatro y referente ineludible de su tradición musical.
Mario Perusso reafirma su profunda sensibilidad verdiana
En la Obertura de La forza del destino (Verdi), Perusso imprimió una lectura de gran musicalidad, cuidando la respiración y la claridad de los bloques sonoros. La orquesta respondió con sensibilidad, mostrando un sonido cálido y bien equilibrado.

El coro “Gli arredi festivi” de Nabucco devolvió a la sala ese brillo característico del Coro Estable en repertorio verdiano. La afinación y la uniformidad vocal volvieron a destacar, confirmando la versatilidad del conjunto.
Venezi retoma la batuta
La directora italiana volvió al podio para continuar con una serie de piezas que permitieron apreciar nuevamente la calidad instrumental de la Orquesta Estable y la ductilidad del coro:
- Intermezzo y Regina Coeli de Cavalleria rusticana: fraseo amplio y refinado, con la intervención nuevamente a pleno de la mezzo Guadalupe Barrientos, cuya línea vocal volvió a imprimirse con ese sello personal de caudal, emotividad y justeza expresiva que realzó cada curva melódica. Venezi sostuvo un marco instrumental de respiración generosa, potenciando la dimensión litúrgica y dramática del pasaje.
- Coro de la kermesse de Faust: energía y claridad francesa, con un Coro Estable preciso, luminoso y bien proyectado, logrando ese carácter casi festivo pero siempre equilibrado que exige Gounod.
- Intermezzo de Manon Lescaut: calidez y balance en una lectura que permitió a la orquesta desplegar su cuerda más lírica, con un uso muy cuidado del rubato y un color general de nobleza pastoral, ideal para la atmósfera pucciniana.
- “Gloria all’Egitto”: cierre firme y expansivo, trabajado con un pulso teatral marcado y una construcción progresiva hacia un final brillante, donde coro y orquesta volvieron a exhibir un nivel de cohesión notable bajo la guía de Venezi.
“Va pensiero”
El programa concluyó con el célebre coro verdiano, interpretado con una sobriedad conmovedora. Un final natural para una gala de carácter histórico.
Conclusión — Un centenario celebrado con arte, precisión y memoria
Los 100 años del Coro y la Orquesta Estable fueron celebrados con una gala que reafirmó su extraordinario presente artístico. La primera parte, bajo la conducción de Beatrice Venezi, dejó una lectura de Alexander Nevsky que quedará en la memoria institucional.
La segunda mitad sumó tradición, homenaje y repertorio italiano, confirmando a ambos cuerpos como pilares irremplazables del Teatro Colón. Un centenario celebrado con excelencia, historia y música.
