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Valor sentimental, ¿Hogar, dulce hogar?…

LECTURA RECOMENDADA

 Drama

Dirigida por Joachim Trier | 

Guion Joachim TrierEskil Vogt

Reparto Renate ReinsveStellan SkarsgårdInga Ibsdotter Lilleaas

Título original Affeksjonsverdi

Hay películas que se comportan como un living prolijo y otras que, fieles a Ibsen, prefieren cerrar la puerta y dejar que la familia se destruya sola. Valor sentimental, de Joachim Trier, pertenece a esta segunda estirpe: un drama que no grita, no explica, no absuelve. Observa. Y al observar, incomoda.

Trier construye su relato como una obra de cámara ibseniana: pocos personajes, espacios cerrados, tensiones heredadas y una pregunta que atraviesa todo el film como un cuchillo sin mango: ¿qué hacemos con aquello que nos fue dado sin pedirlo? La casa familiar —más mausoleo que hogar— funciona como símbolo y trampa. No refugia: expone. Cada pared parece recordarles a los personajes quiénes fueron y quiénes fracasaron en ser.

En el centro de ese campo minado emocional están Renate Reinsve, Stellan Skarsgård y Inga Ibsdotter Lilleaas, un trío que entiende a la perfección la poética del desgaste que propone Trier. Reinsve vuelve a confirmar que es una actriz de precisión quirúrgica: su trabajo se apoya en la contención, en la incomodidad corporal, en esa capacidad de decirlo todo sin elevar la voz. Cada escena suya parece sostenida por una tensión interior que nunca se libera del todo.

Skarsgård, por su parte, compone una figura paterna que evita cualquier tentación de grandilocuencia. Su actuación es seca, opaca, casi cruel en su economía expresiva. No busca simpatía ni perdón; su sola presencia carga con el peso de decisiones pasadas que el film se niega a justificar. Es un trabajo de actor veterano que entiende que el verdadero poder está en no subrayar.

Lilleaas completa el triángulo con una interpretación de fragilidad tensa, siempre al borde de la implosión. Su personaje funciona como espejo y herida abierta a la vez, y la actriz lo aborda desde una vulnerabilidad nada complaciente, sin convertir el dolor en espectáculo.

La narrativa de Trier es deliberadamente disruptiva en su quietud. No hay clímax tradicionales ni catarsis liberadoras. El conflicto no estalla: se filtra, como humedad. Y cuando el espectador espera una escena “importante”, la película responde con una mirada, una pausa mal ubicada, una frase que llega tarde.

¿Son actuaciones para el recuerdo?
No en el sentido clásico. No hay monólogos diseñados para el aplauso ni escenas pensadas para la posteridad inmediata. Pero sí hay algo más persistente: presencias que se adhieren, gestos que regresan días después, silencios que se instalan como eco. El cine de Trier no fabrica íconos: crea fantasmas emocionales.

Como en Ibsen, nadie es completamente culpable ni del todo inocente. La moral es un terreno resbaladizo y el pasado —ese dramaturgo invisible— escribe los diálogos más crueles. Valor sentimental no ofrece redención, apenas un entendimiento precario, incómodo, profundamente humano.

No es una película para amar de inmediato. Es una película para recordar sin querer. Y en tiempos de emociones subrayadas y actuaciones que piden permiso para conmover, Joachim Trier —con Reinsve, Skarsgård y Lilleaas como cómplices— vuelve a recordarnos algo esencial: lo verdaderamente memorable casi siempre ocurre cuando nadie parece estar actuando para serlo.

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