El refinado barítono alemán Mattias Goerne tuvo su debut en el Teatro Colón de Buenos Aires interpretando el Winterreise (Viaje de invierno), el ciclo de veinticuatro canciones de Franz Schubert sobre poemas de Wilhelm Müller. Junto al pianista Anton Mejías, ofreció una lectura de profunda concentración dramática y excepcional madurez expresiva.
El invierno de Franz Schubert no se mide en grados de temperatura, sino en la distancia que separa al hombre de toda esperanza. En Winterreise (Viaje de invierno), el paisaje helado constituye apenas la geografía exterior de una conciencia que se interna en los territorios de la soledad, el desamor y la pérdida. Matthias Goerne eligió este monumento del repertorio vocal para su debut con el ciclo en el Teatro Colón, durante la velada del sábado 17 de octubre, transformando la sucesión de canciones en un itinerario de introspección y desamparo.
La sala, semi vacía, ofrecía un contrapunto difícil de ignorar frente a la magnitud del acontecimiento artístico. Sin embargo, la escasa concurrencia no impidió que se estableciera una intimidad excepcional entre el intérprete y quienes aceptaron acompañarlo en semejante travesía. Algunos artistas necesitan grandes multitudes para imponer su presencia; otros consiguen que un puñado de espectadores experimente la sensación de asistir a una revelación. Goerne pertenece a esta última categoría.
Su aproximación a Winterreise confirma una madurez interpretativa que lo sitúa entre los grandes intérpretes contemporáneos del repertorio. La comparación con las versiones históricas de Dietrich Fischer-Dieskau, Hans Hotter, Peter Schreier o Christoph Prégardien resulta inevitable, aunque cada uno haya construido su propio universo expresivo. Goerne no necesita reproducir la inteligencia analítica de Fischer-Dieskau ni buscar el peso dramático de otras tradiciones interpretativas: su personalidad artística se impone mediante una paleta vocal de tonalidades oscuras, una notable capacidad para modelar la palabra y una comprensión del ciclo que trasciende la mera sucesión de canciones.
El mérito principal de su lectura reside en la unidad dramática del recorrido. Los veinticuatro números no aparecen como piezas aisladas destinadas a exhibir recursos vocales, sino como estaciones de una conciencia que se desmorona progresivamente. Goerne articula los cambios de ánimo con una voluntad comunicativa admirable, sin convertir el sufrimiento en una exhibición sentimental. La emoción surge de la relación entre el texto, el fraseo, la inflexión y los silencios; es decir, de aquello que distingue al verdadero intérprete de quien simplemente canta bien.
En Die Wetterfahne (La veleta), la vehemencia adquiere un filo casi hiriente, mientras que en Der stürmische Morgen (Mañana tormentosa) la energía dramática encuentra una correspondencia expresiva con la agitación del paisaje. En Im Dorfe (En la aldea), el acento trágico revela la condición de extranjero del protagonista, incapaz de hallar reposo incluso cuando el mundo parece dormir. Por su parte, Die Post (El correo) despliega una delicadeza que ilumina fugazmente el horizonte emocional del viajero, todavía capaz de estremecerse ante la posibilidad de una noticia. Y cuando llega Der Leiermann (El organillero), la última estación del ciclo, la desolación deja de ser únicamente un sentimiento para convertirse en una pregunta sin respuesta.

En ese trayecto, Goerne demuestra que su instrumento vocal no constituye un fin en sí mismo, sino el medio para penetrar en la complejidad psicológica del personaje. Su canto compromete el cuerpo entero. El intérprete se desplaza, abandona ocasionalmente su eje, se aproxima al proscenio y busca con la mirada a los espectadores. Estos movimientos no se perciben como una gesticulación añadida, sino como una extensión física de la palabra cantada. El cuerpo participa allí donde el lenguaje parece insuficiente.
Ese compromiso escénico exige, sin embargo, una condición esencial: que el gesto jamás suplante a la música. En esta ocasión, la expresividad corporal se mantuvo al servicio de la construcción dramática, sin desbordarse hacia el efectismo. Goerne no representa el dolor desde afuera; parece buscar, en cada canción, la forma precisa de hacerlo audible. Su interpretación convierte la presencia física en un recurso narrativo que acompaña las transformaciones interiores del viajero.
A su lado, el pianista cubano-finlandés Anton Mejías fue mucho más que un acompañante. Su labor permitió establecer un diálogo permanente entre la voz y el instrumento, atento a los cambios de atmósfera, a las tensiones del discurso y a los repliegues íntimos de la interpretación. En Winterreise, el piano no ilustra simplemente el paisaje: lo anticipa, lo contradice y, en ocasiones, expresa aquello que el viajero no puede decir. La compenetración entre ambos músicos sostuvo esa arquitectura de claroscuros sin quebrar la continuidad del relato.
Porque el verdadero desafío de este ciclo consiste en evitar dos peligros igualmente tentadores: la acumulación de efectos dramáticos y la contemplación de una belleza sonora que termine por neutralizar el desgarro de los poemas. Goerne encontró un equilibrio de extraordinaria eficacia entre ambos extremos. Su lectura no renuncia a la belleza, pero tampoco permite que esta convierta la desesperación en un objeto decorativo.
La presentación adquirió así un significado que excede la circunstancia de un debut. Fue la oportunidad de escuchar a un artista en plena posesión de sus medios expresivos, capaz de transformar un repertorio conocido en una experiencia renovada. No se trató de una demostración de poder vocal, sino de una lección de inteligencia musical, rigor estilístico y hondura humana. La autoridad de Goerne no proviene de imponer su voz sobre la partitura, sino de encontrar en ella los pliegues de una humanidad herida.
Queda, no obstante, una paradoja difícil de soslayar: una sala semi vacía fue el marco de una interpretación que merecía una convocatoria mucho mayor. La dimensión de un acontecimiento artístico no se mide exclusivamente por la cantidad de localidades ocupadas, pero la distancia entre la calidad de lo ofrecido y la respuesta del público interpela inevitablemente a las instituciones, a sus políticas de difusión y a nuestra propia relación con el repertorio de cámara.
Matthias Goerne hizo del Winterreise de Schubert un territorio de revelación. Cuando el último sonido se extingue, no queda la comodidad de una conclusión ni la promesa de un desenlace reparador. Queda el viajero, queda el organillero y queda la pregunta que atraviesa todo el ciclo: qué sucede cuando el mundo continúa girando y el hombre ya no encuentra un lugar en él.
En esa pregunta reside la permanencia de Winterreise. Y en la capacidad de Goerne para mantenerla viva, sin respuestas fáciles ni sentimentalismos, reside la excepcionalidad de esta presentación en el Teatro Colón.
