lunes, 6 de abril de 2026
17.5 C
Buenos Aires

Editorial: Un presente que pide coraje

LECTURA RECOMENDADA

Mis Queridos «peripateticos argentums»́ , una vez más aquí estoy, con el peinado inmutable, el corazón dividido entre la ironía y el espanto, y esta pluma que no se cansa de registrar la tragicomedia nacional.

Y como lo prometido es deuda, empecemos por el espectáculo más cómico, delirante y arqueológico de la semana:
las reglas de vestimenta para asistir al Teatro Colón, redactadas —aparentemente— por los descendientes espirituales de Cocota Anzuelo de Alcanfor y su inseparable  Pirucho Semper Aperol, nobles de apellidos sacados de las memorias de Chun kau Fin y Obes  y perfume real del siglo pasado.

Esta semana circularon, con un fervor casi religioso, unas listas de prohibiciones:
—“No jean.” —“No chomba.” —“No sweater.” —“No espontaneidad.”
—“No resuello de vida moderna.”

Y allí mi otro yo —ese duende elegante que vive en mis cuellos almidonados— murmuró:
“Mi estimado… más que dress code, esto es cosplay de élite.”

Porque claro, nadie pide entrar al Colón con crocs fosforescentes.
Pero pretender que en 2026 la gente soporte 35 grados con saco, o que se disfrace de pingüino para ver Cavalleria y Pagliacci and others, es como pedirle a la orquesta que toque con partituras del Virreinato. Pues si de algo estamos acostumbrados en noialtri country es ser serviles á la mode.

La obsesión es transparente:
miedo a que entre gente común. Es decir: gente real.
Gente que trabaja. Gente que paga entradas sin apellido compuesto.

Si Doña Clota de Álzaga Unzué con Perico Anchorena viera un jean en la fila 10, sufriría un vahído sobre su sillón Luis XV.
Pero la realidad golpea como dó de pecho: el Colón no es un mausoleo aristocrático, es un teatro público.

Y si alguien quiere ir con su mejor jean para ver a Puccini, ¿qué derecho tiene el mundo de abolirlo?
La cultura no se derrite por una chomba.
El compositor tampoco se resucita por un frac.

Pasemos ahora al otro sainete semanal:
el siempre creativo Manuel , nuestro , que nos regaló una nueva temporada de su serie favorita:
“Propiedades que aparecen como hongos.”
Viajes, bienes, comodidades que ni Marie Kondo lograría ordenar.
Mi otro yo, café en mano, sentenció:
“O es un genio financiero secreto, o tiene un hada madrina con cuenta en Islas Caimán.”

A esto se suma el capítulo digno del realismo mágico:
los créditos del Banco Nación entregados a funcionarios como quien reparte pochoclos en un cumpleaños.
El que menos pidió: 150 millones de pesos.
Mientras tanto, Doña Pancha estira su jubilación mínima $370.000 y el bono de $70.000 como si amasara fideos caseros.
Para algunos, pedir plata es abrir la boca; para otros, una batalla campal.

Y luego está la Buenos Aires neorrealista:
calles sin luz, aromas cloacales en ascenso, gente durmiendo en las veredas, filas buscando el “cacho de pizza” redentor.
Uno sale del teatro y cree estar en una remake de Ladrón de bicicletas.
Todo bajo la mirada omnipresente del Gran Hermano urbano, que controla pero jamás colabora.

Y, hablando de estrenos, vayamos al de Annie en el Teatro Broadway. Ay, mis queridos peripatéticos… ¡había más figuras que en un álbum de estampitas! Pero ¿para qué seguir nombrándolas?
Total, ustedes ya los vieron en la revista “Bo…” Perdonadme, que mi lengua de noble en decadencia resbala. Quise decir “, esa publicación de la aristocracia, el jet-set y los espejos con filtro belleza.

Aunque… ¿de qué aristocracia hablamos, si aquí los títulos no existen más?
Nadie es marquesa, duquesa ni vizcondesa de nada, salvo quizá la o la muy celebrada ó.
Y ojo, que ambas trabajan más que todos los falsos marqueses juntos.

No me vengan, como diría nuestro “emerito de Cañete”, con la nobleza criolla, porque lo único que quedó en pie es la coronación simbólica del que logra estacionar en doble fila sin que lo multe la grúa.

Así que, mis nobles sin nobleza, mis aristócratas del débito automático, permítanme enviarles mi habitual referendum semanal:
¿Seguiremos sosteniendo estas fantasías de linaje mientras usamos el mismo saco desde la boda del ’94? ¿O nos animaremos, por fin, a la honestidad estética?
Me temo que la respuesta ya la sé… y prefiero no decirla.

Y ahora, como siempre, mi :

“En esta Argentina tan generosa —donde algunos quieren cantar Traviata y apenas afinan la marcha peronista— la sátira no es una elección: es un acto de supervivencia.”

Mas articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ULTIMAS NOVEDADES