domingo, 12 de abril de 2026
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Editorial: La rodilla rebelde…

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Noches atrás asistí a un acontecimiento cultural de altísimo impacto en el Teatro Nacional Cervantes. No por la obra, no por la puesta en escena, no por los actores… sino por una rodilla. Una rodilla insolente, vestida de bermudas, zapatillas y buzo. El apocalipsis fashion con delivery incluido.

Ante mi foto tan “atrevida” —considerada por algunos una invasión a la privacidad del buen gusto—, leí con fascinación antropológica y risita culpable los comentarios que desató. Y lo que encontré no fue debate: fue la Olimpiada Nacional de Indignación Creativa.

Así no se va al teatro”. “Se perdieron los valores”. “Esto antes no pasaba”.

Qué curioso. Porque antes tampoco pasaban otras cosas… pero esas parecen molestar bastante menos. Es admirable la precisión quirúrgica con la que detectamos una rodilla fuera de protocolo. Un verdadero sexto sentido. Usted puede no encontrar las llaves, no entender la inflación ni ubicar el control remoto… pero una bermuda en platea se detecta a velocidad de Mach 5.

Y mientras tanto —porque siempre hay un “mientras tanto” que nadie quiere comentar— el país sigue con su repertorio habitual:

Firmas que aparecen con más entusiasmo que autógrafos a la salida del teatro. Propiedades que cambian de manos con fluidez coreográfica. Y el ex vocero anti-casta, ahora Jefe de Gabinete, bajo la lupa por compras millonarias en dólares.

Hablando de jubilados: en un giro argumental digno de telenovela, terminan prestando 200.000 dólares a funcionarios mientras cobran un poco mas de 300000″ (200 dls). Hipotecas a treinta años otorgadas con la misma naturalidad con la que uno pide un cortado. Todo muy austero, muy motosierra, muy “la casta era la otra”.

Pero volvamos a lo verdaderamente importante: el outfit del muchacho.

Porque si algo nos define como sociedad es nuestra capacidad para enfocarnos en lo esencial… siempre y cuando sea lo más superficial posible. Discutimos la bermuda para no discutir lo otro. Nos escandalizamos con la zapatilla porque pesa menos que ciertas preguntas incómodas. Nos irrita el buzo porque abriga menos que la conciencia colectiva.

Hay algo casi heroico en ese joven de bermudas: desnudó, sin proponérselo, nuestra retorcida escala de prioridades.

Y ahora, para rematar la comedia, nos enteramos de que el martes próximo, en la función de Gran Abono del Teatro Colón, se impondrá un estricto “dress code”, en base a los «clamorosos»  mequetrepres del susodrichoTeatro.

¿Regresamos a la época del presidente Alvear o directamente a la de Uriburu? ¿Habrá que ir de frac y sombrero de copa? ¿Se revisará el largo de las medias? ¿Instalarán un detector de bermudas en la entrada como si fuera control de seguridad?

¿Qué haremos entonces, queridos guardianes del buen tono? ¿Le pediremos al acomodador que controle también los pantalones? ¿O volveremos a los tiempos en que solo entraban al Colón quienes tenían apellido compuesto y cuenta en Suiza?

He llegado a una conclusión tranquilizadora: no estamos mal, estamos elegantemente distraídos. Es un arte nacional.

Nos escandalizamos con la zapatilla porque es más cómodo que mirar de frente los números reales. Nos indignamos con el buzo porque abriga menos que la propia hipocresía.

Así que, la próxima vez que vean a alguien en bermudas en el Cervantes o en jeans en el Colón, no entren en pánico.

No es el fin de la cultura argentina. No es la caída de Occidente. No es una provocación.

Es apenas alguien que entendió la regla de oro de esta gran comedia nacional: lo único verdaderamente fuera de lugar es tomarse todo esto en serio.

Firmado, El Dr. Merengue (que para la función del Gran Abono del Colón irá de frac… con medias de fútbol y ojotas, para mantener la coherencia nacional y no desentonar con el espíritu de los tiempos).

 

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