Musical Director and Conductor Gabor Rivo. Direction Michael Schachermaier. Set & Costume Dominique Wiesbauer. Choreografie Daniela Mühlbauer. Music Arrangement Johnny Bertl. Book Thomas Brezina. Cagliostro Thomas Borchert. Lady Laurenza Katharina Gorgi. Madame Sophie Eva Maria Marold. Emilia Sophia Gorgi. Herr Gustav Andreas Lichtenberger. Severin Josef Ellers. Choir & Dance Ensemble Barbara Castka. Nazide Aylin. Valentina Inzko Fink. Jakob Pinter. Dani Spampinato. Florian Resetarits. Johann Strauss’s circus band Barbara Helfgott, Danylo Dmyterko, Martin Fuss, Sebastian Gansch, Vasile Marian, Hannes Oberwalder, Felix Reischl, Andi Steirer, Albert Wieder, Christian Posch
Robert Schweiger, Elias Tiefenbacher. Clown Oriol Boixader, Reini G. Moritz, Clemens Matzka. Artist Circus-Theater Roncalli. Nuestra calificacion: bueno
La historia oficial suele simplificar a Alessandro Cagliostro como un charlatán ilustrado, un estafador elegante expulsado de las cortes europeas por exceso de imaginación. Sin embargo, el personaje real —Giuseppe Balsamo, nacido en Palermo— fue algo más inquietante: un producto perfecto del siglo XVIII, donde la razón convivía incómodamente con la superstición, y donde la fe en el progreso no excluía la fascinación por lo oculto. Cagliostro no engañaba a ignorantes: seducía a una élite culta que, en secreto, deseaba creer.
En Viena, su paso fue breve y estratégicamente incómodo. La ciudad imperial, bajo el reformismo de José II, toleraba el arte, la música y cierta masonería ilustrada, pero no a quien prometía redención espiritual con marketing agresivo. Cagliostro ofrecía sanaciones, rituales y una alquimia que hablaba más de deseo que de ciencia. Por eso fue observado, interrogado y discretamente expulsado. No cayó por fraude comprobado, sino por exceso de magnetismo.
“Viena no castiga el engaño… castiga al que lo hace sin discreción.”
Lo que la historia no suele contar es que, al expulsarlo, Viena también perdió un espejo. Porque Cagliostro encarnaba una verdad incómoda: la Ilustración necesitaba creer tanto como combatir la superstición. Y como buen fantasma cultural, el personaje regresó décadas más tarde, ya no como amenaza, sino como material dramático.
Ese regreso tomó forma en 1875, cuando Johann Strauss II estrenó Cagliostro in Wien, su primera opereta, eligiendo deliberadamente al impostor como protagonista. No fue un gesto inocente. Strauss entendió que Cagliostro permitía reírse de la Viena crédula, elegante y contradictoria, sin necesidad de señalarla directamente. La música hacía el trabajo fino: valses brillantes, números de conjunto ligeros y una escritura que, bajo la superficie festiva, ironiza constantemente sobre la ambición, el autoengaño y la ilusión de progreso.
La versión recientemente estrenada en Viena bajo carpa circense, Cagliostro – Johann Strauss in the Circus Tent, recupera ese espíritu y lo empuja aún más lejos. Aquí, la historia ya no intenta reconstruir al personaje histórico: lo expone. El circo funciona como metáfora perfecta del universo de Cagliostro, un espacio donde todo es apariencia, riesgo y seducción, donde la verdad importa menos que la destreza para sostener la ilusión.
Musicalmente, la adaptación respeta el ADN straussiano pero lo recontextualiza. Los arreglos flexibilizan la forma tradicional de la opereta, permitiendo tempos más teatrales, cortes rítmicos y una interacción directa con la acción física. Los valses, lejos de perder elegancia, adquieren una cualidad casi irónica: su refinamiento contrasta con el caos controlado de la escena circense. Strauss suena liviano, pero no ingenuo.
“Cuando el vals acompaña a la cuerda floja, uno entiende que la música siempre supo más que la historia.”
Uno de los mayores aciertos del espectáculo: no subrayar a Cagliostro como villano, sino como catalizador. La partitura no lo condena; lo envuelve. Strauss no juzga al personaje, lo expone en su contexto humano, rodeado de personajes que desean creer, ascender o salvarse. El circo, con su lenguaje corporal extremo, termina de decir lo que la música sugiere: todos participan del engaño porque todos lo necesitan.
Así, la historia no relatada de Cagliostro —la del hombre que sobrevivió porque entendió el deseo ajeno— se funde con una lectura musical que revela la lucidez de Strauss. El compositor sabía que Viena no quería moralejas, sino elegancia con veneno suave. Y esta versión contemporánea lo confirma: el mito vuelve, no para ser explicado, sino para ser disfrutado con una sonrisa crítica.
En definitiva: “A Cagliostro lo expulsaron por embaucador… pero Strauss lo absolvió con un vals. Y en Viena, eso equivale a la inmortalidad.”

