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Annie, el regreso del musical: cuando las niñas superan a los adultos

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Buenos Aires 1/IV/2026, Teatro Broadway. Annie, musical. Libro: Thomas Meehan. Música: Charles Strouse. Letras: Martín Charnin. Director: Mariano Demaría. Elenco: Emma Garcia Torrecilla, Lizy Tagliani, Miguel Ángel Rodriguez, Julieta Nair Calvo, Gustavo Monje, Ivanna Rossi y otros. Escenografía: Tato Fernández. Coreografías: Analía González. Iluminación: Mariano Demaría y Santiago Cámara. Vestuario: Sofía Di Nunzio. Sonido: Eugenio Mellano Lanfranco. Dirección vocal: Virginia Módica. Sala: Teatro Broadway (Av. Corrientes 1155). Funciones: jueves a las 19; viernes, sábados y domingos a las 15 y a las 18. Nuestra opinión: buena.

La reposición de Annie en el Teatro Broadway regresa para recordarnos que este clásico del musical americano, desde su aterrizaje en Buenos Aires en 1982, sigue siendo una máquina casi infalible de nostalgia y recaudación. Bajo la dirección de Mariano Demaría, la puesta intenta navegar el pantano que separa la tradición de las estrecheces productivas del presente. Algunos aciertos hay; otros son tan evidentes que uno casi aplaude la osadía. Pero una verdad resplandece con fuerza conmovedora: cuando las niñas están bien dirigidas, el teatro todavía recuerda para qué demonios fue inventado.

El espectáculo no se sostiene gracias al elenco infantil: se sostiene por el elenco infantil. En la función que presencié, Emma Garcia Torrecilla entrega una Annie de madurez tan desconcertante que roza lo injusto: musicalidad franca, actuación natural y una seguridad escénica que hace que varios adultos del reparto parezcan estar todavía en período de prueba. Uno casi suspira de alivio cuando una niña canta mejor que media compañía… aunque, por educación, finjamos que no lo notamos.

Foto gentileza, prensa de producción

El resto de las niñas es, sin discusión, lo mejor de la noche. Afinación quirúrgica, timing impecable, humor genuino y una energía que debería estar prohibida por ley a esa edad. Son ellas las que cargan la obra sobre sus hombros diminutos pero heroicos, imprimiéndole color, ritmo, ternura y verdadero sentido. Sin su brillo, Annie se convertiría en un musical de adultos medianamente entonados contando una historia de huérfanas. Triste panorama.

Y aquí vale decirlo con orgullo: este trabajo de las niñas no es un “adorable detalle”. Es el corazón latiendo de la producción y, sobre todo, el semillero más valioso del musical argentino. Con esta disciplina, talento y profesionalismo se están formando las intérpretes que, en pocos años, van a sostener con solvencia las grandes producciones del género en el país. Verlas brillar así genera un orgullo genuino y renovado: el futuro del teatro musical argentino no solo está asegurado, sino que promete ser bastante más interesante que su presente.

Foto gentileza, prensa de producción

Entre los adultos, la cosa se pone más… irregular. Lizy Tagliani compone una Miss Hannigan entregada sin el menor pudor al disparate cómico: gestos descomunales, carcajadas a todo pulmón y unos registros graves que, con temeraria audacia, se elevan hasta transformarse en estridencias escatologicas y discutibles de la comedia. Funciona para arrancar risas del público familiar, aunque a veces uno tiene la sensación de que la comedia subió de volumen mientras la afinación se tomó un recreo largo.

Miguel Ángel Rodríguez ofrece un Oliver Warbucks simpático cálido, y sólido en lo actoral. Vocalmente, sin embargo, la partitura le cobra varios peajes con intereses: hay notas que deciden tomarse el día libre sin avisar. Su ternura salva lo que la voz deja huérfano.

El único oasis vocal adulto de la velada es Julieta Nair Calvo como Grace Farrell: musicalidad impecable, claridad cristalina, elegancia y un instinto escénico que convierte cada aparición en un pequeño milagro. Su Grace parece llegada de otra producción más ambiciosa, de esas donde todavía hay presupuesto para afinación y sutileza.

La escenografía de Tato Fernández, con sus dos marcos semicirculares y un discreto disco giratorio, resuelve los cambios con eficacia burocrática: cumple, no molesta y no aspira a que nadie la recuerde después. Las coreografías de Analía González, en cambio, ganan brío y alegría cuando las niñas dominan la escena: ahí la obra respira, se expande y se vuelve realmente divertida.

Foto gentileza, prensa de producción

La decisión de comprimir todo en una hora y media sin intervalo es comprensible por pura practicidad, pero deja la obra jadeando como un corredor de fondo al que le quitaron los pulmones. Algunos recortes se toleran; otros se sienten como amputaciones gratuitas. La ausencia del Presidente Roosevelt, por ejemplo, no es un capricho: se pierde una capa importante del contexto histórico y social.

El punto más doloroso sigue siendo la ausencia total de orquesta en vivo. Por correctas que sean las pistas, el teatro musical sin músicos en el foso se siente como un beso con barbijo: técnicamente correcto, pero emocionalmente estéril. Sorprende, además, la escasa información sobre la adaptación musical, como si fuera un secreto de Estado.

En resumen, esta Annie es un espectáculo luminoso y disfrutable, sostenido casi en su totalidad por un elenco infantil extraordinario que roba la función con autoridad. Los adultos cumplen con mayor o menor fortuna (algunos con más “menor” que “mayor”), pero son las niñas las que elevan la propuesta y le otorgan verdadero valor.

Cuando ellas ocupan el centro del escenario, el teatro argentino no solo entretiene: brilla con orgullo y deja claro que el futuro del musical está en buenas —y muy pequeñas— manos.

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