Ciclo Aura 2025: Nadine Sierra (soprano). Bryan Wagorn (piano) Sala: Teatro Colón. Nuestra calificación: muy buena.
Buenos Aires, Argentina, 4/12/2025. La «Diva» volvió a Buenos Aires y dejó al público entre el asombro, la emoción y algún que otro susurro en los pasillos.
El Teatro Colón vivió una de esas noches donde la energía parecía flotar por encima de las butacas. La soprano —adorada por el público argentino como pocas— llegó dispuesta a desplegar un abanico vocal que cruzó estilos, épocas… y estados de ánimo.
El resultado: una velada donde la belleza se encendió con potencia, la cercanía se volvió protagonista y las decisiones interpretativas —algunas audaces, otras desconcertantes— generaron ese clásico murmullo que solo despiertan las figuras verdaderamente magnéticas.
PRIMERA PARTE: FUEGO, FRESCURA… Y ALGUNAS DECISIONES QUE ENCENDIERON EL DEBATE
La noche arrancó con todo:
“Ah, je veux vivre” ( Roméo et Juliette, Gounod) irrumpió como una explosión de vitalidad. Nadine Sierra se movió con libertad absoluta, derrochando fiato, alegría escénica y el tipo de brillo que hace que una sala completa se enderece en la butaca… El público entró en trance…
En Puccini, la voz se volvió más cálida, envolvente, con ese toque sedoso que es su marca. Y cuando llegó Donizetti ¡sorpresa! Sierra desató una comicidad medida pero efectiva en “So anch’io la virtù magica” (Don Pasquale), provocando sonrisas cómplices por todos lados. Un momento de encanto impecable.
El preludio en re bemol mayor de Chopin, a cargo de Wargon, adoptó un carácter más libre y “americanizado”, con rubatos amplios y un fraseo personal que se transformó en un pequeño guiño estilístico que dividió opiniones al instante.
El instante “¿qué está pasando?” de la noche: Mozart
Después de un saludo afectuoso en castellano —que ganó nuevos suspiros—, la soprano abordó “Deh, vieni, non tardar” (Le nozze di Figaro) con adornos, variaciones y florituras más belcantistas que mozartianas. ¿Mostró su fiato? Sí. ¿Fue fiel al estilo? No siempre. ¿Funcionó? Depende a quién se le pregunte.
Verdi: riesgo, libertad… y un tenor que iluminó la escena
El cierre de la primera parte fue con la ambiciosa escena de Violetta: “È strano… Ah, fors’è lui… Sempre libera”. Aquí apareció la mayor controversia de la noche: si bien la precisión técnica fue impecable, la soprano optó por rubatos pronunciados, cadenzas prolongadas y un fraseo muy alejado del estilo verdiano, generando una Violetta elegante pero artificiosa, más cercana a la exhibición vocal que a la sinceridad que Verdi exige. ¿Hubo fluctuaciones de afinación? Sí, pero la intención expresiva fue clara.
El tenor Diego Bento apareció como un rayo de luz, aportando firmeza y elegancia. Su intervención fue recibida con aplausos genuinos, de esos que no necesitan explicación.

SEGUNDA PARTE: ENTRA EN ESCENA EL VESTIDO ROJO… Y CAMBIA TODO
Tras el intervalo, Sierra regresó convertida en otra. El vestido rojo —imponente, dramático, casi cinematográfico— marcó un giro de energía tan contundente que se respiraba el: “Esto va a ser distinto.” Y lo fue.
En Villa-Lobos y Braga mostró un lirismo íntimo y cálido, con un pianissimo especialmente logrado en “Melodia sentimental”. “Caro nome” (Rigoletto, Verdi), volvió a poner en primer plano el virtuosismo, aunque nuevamente el énfasis en la ornamentación pareció contraponerse a la ingenuidad inherente al personaje de Gilda. ¿Genialidad o exceso? …
Luego Wargon un Intermezzo de Manon Lescaut sobrio y contenido, un remanso necesario antes del siguiente giro.
En “O mio babbino caro”, Sierra dejó de lado la solemnidad y optó por el humor, la sonrisa, la ligereza. La sala respondió con un clima de pura simpatía.
De la zarzuela El Barbero de Sevilla de Giménez, interpretó “Me llaman la primorosa” —la cual fue una fiesta: picardía exacta, encanto bien dosificado y una conexión inmediata con el público—. Fue, sin dudas, uno de los momentos más celebrados de la noche.

LOS ENCORES: DESNUDEZ ARTÍSTICA, EMOCIÓN Y UN TOQUE DE INSÓLITA ESPONTANEIDAD
Y de pronto, lo inesperado: La soprano se sacó las sandalias y cantó descalza. El Colón no veía un gesto así desde hace mucho (recordemos a Anna Netrebko con este gesto tradicional de final de concierto).
Fue auténtico, fresco, casi doméstico. “Summertime” llegó sencilla, sin artificios.
Luego, el emotivo anuncio de haber sido nombrada ciudadana honorífica de Buenos Aires y elogió la “energía genuina” de la ciudad, asegurando que debería propagarse por el mundo. La emoción se volvió colectiva. La sala entera tembló un poquito, como si la ciudad hubiera dicho “gracias” en coro.
“Bésame mucho”, junto al contrabajista Marc André, fue pura ternura: íntima, transparente, luminosa.

Con “The Fairy Queen” y luego un profundamente emotivo “Vissi d’arte” —presentado con honestidad al aclarar que no es repertorio que interprete habitualmente—, la cantante dejó ver una vulnerabilidad que hasta entonces había permanecido opacada por la técnica.
“Mi chiamo Mimì”, ’O sole mio y “Beautiful Dreamer” completaron la larga ronda de encores. Esta última, interpretada con visible emoción, fue dedicada al pianista, su compañero artístico desde hace dos décadas, dejó al teatro en un clima cálido y afectuoso, casi de despedida entre amigos.
BALANCE FINAL:
El recital fue una mezcla explosiva de belleza, riesgo, cercanía y decisiones interpretativas que encendieron debate. Nadine Sierra mostró su técnica y su magnetismo.
A veces deslumbró. A veces desconcertó. Pero siempre generó algo: emoción, conversación o sorpresa. Y en el mundo del espectáculo, eso vale oro.
Una noche de claroscuros, sí. Pero también una de esas noches en las que una diva de hoy provoca un abanico de opiniones…
