domingo, 25 de enero de 2026
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Bitacora de un viaje al confín del mundo, I parte.

LECTURA RECOMENDADA

Parte I – El Sur como antesala del asombro

Antes de zarpar: Buenos Aires como turista

Los dos días previos a embarcar tuvieron un carácter inesperado: fueron vividos en Buenos Aires Capital como turistas en la propia ciudad. Caminarla sin apuro, mirar sus edificios, cafés y rituales cotidianos con distancia de viajero permitió un raro privilegio: despedirse de lo familiar como si fuera ajeno. Fue un ejercicio de extrañamiento necesario, una manera de tomar impulso antes de partir.

A bordo del Princess Cruise Sapphire

Hay viajes que no se miden en millas náuticas sino en capas de asombro. Este comenzó, curiosamente, antes de soltar amarras. Dos días hospedado en el Princess Cruise Sapphire bastaron para entender que el barco no era solo un medio de transporte, sino un pequeño mundo flotante que se preparaba para ir al encuentro de otros mundos.

El tiempo a bordo se deslizó con la cadencia exacta de los rituales marinos: cubiertas amplias, ventanales abiertos al sur, conversaciones que se cruzaban en distintos idiomas y esa sensación inconfundible de estar a punto de partir hacia algo que todavía no tiene nombre. El Sapphire se mostraba elegante y sereno, como si supiera que lo que vendría después exigiría temple, paciencia y una mirada entrenada para lo extraordinario.

Cuatro días de navegación hacia Punta Arenas

Para llegar a Punta Arenas fueron necesarios cuatro días completos de navegación. Cuatro jornadas en las que el océano fue mutando de carácter y el paisaje comenzó a endurecerse, a volverse más austero, como un prólogo natural de la aventura austral. El sur se anunciaba sin estridencias, pero con una presencia cada vez más contundente.

Punta Arenas, construcciones de principio del S. XX

Punta Arenas apareció finalmente como una ciudad detenida en el tiempo, con ese aire de frontera que mezcla historia, viento y memoria marítima. Caminamos entre casas de estilo inglés, herencia de un pasado portuario cosmopolita, con fachadas sobrias que parecen resistir el clima como una declaración de principios. Las tiendas, los cafés, las calles amplias y rectilíneas construyen una atmósfera singular: no es una ciudad que se imponga, sino una que se deja descubrir lentamente, paso a paso.

Aquí, el viaje dejó de ser promesa y se convirtió en certeza: ya estábamos realmente en el sur.

Ushuaia: el umbral del fin del mundo

Tras retomar la navegación, el rumbo fue Ushuaia. La llegada tuvo algo de postal viva: montañas que parecen caer directamente al mar, casas desperdigadas como pinceladas de color y una ciudad que se asume, sin pudor, como el último balcón antes del vacío blanco.

Ushuaia no se recorre: se contempla. Tiene algo de pintura expresionista, con cielos cambiantes y una luz que nunca se queda quieta. El día de espera allí fue un ejercicio de observación y pausa, una manera de preparar el cuerpo y la mente para lo que vendría después.

La visita al Parque Nacional Tierra del Fuego terminó de sellar esa sensación. Senderos, bosques, agua y silencio componen un paisaje que parece diseñado para recordar al viajero su escala humana. Allí, el sur deja de ser geografía y se vuelve estado de ánimo.

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